Cualquier arte debe sufrir retos, cambios, reinterpretaciones. si no sobrevive, es que no vale la pena

TOM WAITS
LA VOZ INSONDABLE DE UN MONSTRUOSO DESAGUE

texto original por: Jose M╗ Martí Font
correcciones y transcripción: Ignacio Martínez


      La carrera artística y personal de Tom Waits podría muy bien ilustrar la transformación sufrida por algunos de los miembros más lúcidos de su generación cuando pisaron el último escalón de la década de los setenta. Siguiendo con cifras, convendría aclarar que, al haber nacido en 1950, habría que sumarle la crisis que implica cumplir los 30 y tener la oportunidad de subirse al último vagón del tren de la adultez a tiempo. Porque Tom Waits, a lo largo de la década pasada, llevaba una larga y decidida carrera hacia la autodestrucción precoz, lo que sirvió para produjera con cierta perseverancia algunos de los mejores álbumes de los años setenta.

    Si no fuera porque el término Rock tanto vale para un roto que para un descosido, a este hombre sería difícil clasificarle. Más que un cantante, Waits es un actor, un chansonnier, casi un cantautor. Su obra rastreaba, y sigue haciéndolo, entre lo más nauseabundo de la noche, entre vómitos, delirium tremens, violencia grátuita, amores imposibles y desamores ciertos, y todo esto no era un delirio de su imaginación, una fantasía gloriosa; su vida era exactamente así.

    La pequeña colonia de artistas que pululaba en aquellos años por el decrépito centro de Los Ángeles podía verle cada noche, cuando ya empezaba a clarear, aporreando de mala manera el viejo piano destartalado del café Atomic, mientras rugía, con esa voz de desagče insondable, incongruentes frases mezcladas con sonoras y repetitivas interjecciones soeces. Luego, algún alma caritativa, a menudo en forma de mujer, conseguía llevárselo a trompicones, cuando no con los pies por delante.

    Tom Waits era una institución, a veces lamentable, pero también era un músico y un artista de categoría inconmesurable. Algo que ya se aprecia desde sus primeros álbumes, como Closing time (1973) o The heart of saturday night(1974), en los que aún no había encontrado un camino definido, pero que se plasma en los magistrales Heartattack and vine(1980) y Small change (1976), en los que desarrolló un estilo totalmente personal e inclasificable, mezcla de jazz y blues con elementos vanguardistas, aderezados siempre con unas letras que por sí solas le consagran como uno de los grandes cantores de la vida norteamericana.

    Y cuando ya se especulaba con el tiempo que le quedaba a su hígado o con la matrícula del coche que le atropellaría una madrugada, Waits escapó de la quema. Los amigos llegaron en su rescate. Francis Coppola le encargó la banda sonora de Corazonada (One from the heart) y empezó a darle papeles anecdóticos en sus películas (el obtuso dueño del billar de Rumble fish, el camarero de Outsiders, el gorila del Cotton Club). Aquel trabajo, más estable, le proporcionó una tregua.

    Sin embargo, su casa de discos le había abandonado, y los críticos de Los Ángeles le situaban musicalmente en un callejón sin salida. Entonces la compañia Island le ofrecio un contrato, y con el llegó Swordfishtrombones (1983), un trabajo conceptual en esencia que desbordaba el contenido del vinilo (Waits quiere convertirlo en una obra teatral). Intrincadas estructuras sonoras, exuberante instrumentación, en la que cabían marimbas y percusiones caseras y, sobre todo, una voz más profunda que nunca, un rugido capaz de fundirse con cualquiera de los instrumentos o acallarlos a todos. La voz.

    Además, por supuesto, una mujer. En 1981 se casó con la actriz Katheleen Brennan, y poco después llegó el primero de sus dos hijos. Siguió un tiempo por California, pero finalmente decidió emigrar al Este. Ahora vive en New York, asegura que ha dejado de fumar, bebe con moderación y ha iniciado una sólida carrera como actor de teatro y cine, de la que es un buen ejemplo su trabajo en Down by the law, de Jim Jamush, en la que trabaja junto a un músico carismático: John Lurie.

    Su último álbum, RainDogs (1985), en la línea del anterior, pero con 19 canciones, sigue desprendiendo la fuerza de sus comienzos y además denota una intensa búsqueda hacia adelante. No puede ser de otra manera, porque, según su teoría, "Una canción debe tener su propio sistema nervioso. La melodia es como el humo, y el ritmo son las toses."